Tabú: Custodia Compartida
Comparto una cita de una nota que leí recientemente: “«La custodia compartida es justa para los dos. Yo no podría separar a mi hijo de su padre, que lo adora, y como yo trabajo, el tiempo que el niño pasa con él me sirve de tregua. Conservo el piso que teníamos porque he pagado a mi ex marido su mitad, compartimos los gastos del niño y yo estoy tranquila, porque sé que su padre lo cuida bien y que mi hijo está feliz». Es una madre recién divorciada, una ovetense en la cuarentena con un hijo pequeño, quien así opina, desmintiendo la creencia de que, por sistema, las mujeres se oponen a ceder la custodia.” (Nota).
Luego seguía: “En Asturias, la Asociación de Padres de Familia Separados tiene 359 socios y sólo dos ejercen la custodia compartida. Su presidente, y vicepresidente de la organización nacional en la que se agrupa, comenta que, de todos modos, «ya no es tan extraño que una pareja pida la custodia compartida de los hijos cuando se separa, igual que ya no le sorprende a nadie que un hombre cambie pañales».”
Resueno fuertemente con estos puntos: la custodia compartida libera a la mujer del mandato patriarcal de la crianza de los hijos. En Asturias donde se está discutiendo el tema solo dos, (si 2!) padres de 359 activos, pues pertenecen a una asociación ejercen la custodia compartida.
Mi experiencia (ejerzo la custodia compartida de mi hija) es que al sacar el tema en la mayoría de los círculos en los que me muevo suceden dos cosas o el tema se ignora o se me responde: “como debe ser”, como si realmente fuera corriente que los hijos de padres separados convivieran equitativamente como ambos padres.
Una terapeuta, bastante ortodoxa que hablaba muy poco, rompió el silencio para llegar a decirme: “pero si en la actualidad la educación de los hijos ya es ejercida por ambos ¿no ves cuantos padres llevan los cochecitos de bebé por las calles”. Volví a mi casa pensando que mis resistencias terapéuticas eran mayores de las que pensaba. Me convencí que había una realidad que yo no podía ver: la crianza ya era compartida igualitariamente, las familias monoparentales eran igualmente de padres que de madres, ambos tenía iguales días de franco por nacimiento o enfermedad de sus hijos, en la misma cantidad madres “pasaban” “cuotas alimentarías” a padres que viceversa, en definitiva el patriarcado había sucumbido y yo en la prehistoria…. O yo estaba muy enfermo o el doble discurso social se filtraba hasta el diván de mi terapeuta. Pero seguramente era yo. Algo interno fallado me dificultaba hacerme cargo de la crianza de mi hija, mientras que todos los demás lo hacían “naturalmente”, sin que fuese “ningún problema” (sic). Días d angustia, noches de llanto motivados por una cuestión que la sociedad había resuelto con toda “simpleza” y yo no me había percatado.
Me resonaba otra charla con una amiga mayor: “y ahora es así, es normal… pero: ¡que confianza que te tiene tu ex en dejarte a la nena!....” Chan!!! Como si me cediera algo que le pertenece.
Busqué otros padres en esta situación y no encontré… pero seguro que era mi neurosis. Comencé un rustico pero exhaustivo relevamiento de cuantos padre varones llevaban cochecitos por la calle. Comencé un fin de semana que estaba con más tiempo. Resultó que se confirmó mi enfermedad: la amplia mayoría eran padres. Pero había un detalle: acompañados por las madres. Padres solos, de entre unos 56,… ninguno. Seguí el lunes y el cambio fue abismal, en una semana solo 3 padres que crucé empujaban cochecitos o llevaban solos a sus hijos chicos. Dos parejas y casi 150 madres empujaban cochecitos o “arrastraban” hijos.
Aunque con mucha timidez empecé a dejar lugar a la hipótesis de que existía un doble discurso social. De ninguna manera malintencionado. Pero que daba por resuelto algo que estaba pendiente. Lo que genera una intensa confusión y dolor, pues si damos por resuelto un tema que no lo está por miedo al dolor que genera la resolución; estamos doblemente trabados pues no podemos resolverlo porque creemos que ya lo hicimos y porque el miedo al dolor es “desmedido”. Nunca lo estudié a fondo, pero creo que un tal Lacan llamaba a esto renegación, negar lo negado. Para mi es convertirlo en Tabú.
De toda manera cambié de terapeuta, pasé por otro par que me decían más o menos lo mismo, así que asumí mi profunda neurosis obsesiva, parental, ostrusiva, edipica y anti-edípica, anque claustrofóbica.
Ahora en serio: no creo que se una neurosis mía o un doble discurso social, sino ambas. Esquizoide, que le dicen. (N de T: observese la cara de loco de la foto).