En el reencuentro con las actividades de adultos que sintonizan con aquella de los juegos (que a su vez hacíamos a “imagen y semejanza” de los adultos) como decía anteriormente, existe un plus de placer.
Entonces una mujer que cambia los pañales a su hijo se reencuentra con aquella niña que jugaba con muñecas; cuando prepara la comida se encuentra con aquella que jugaba a hacerlo cuando niña, el hombre que compite en el trabajo, rememora aquel que “ganaba” en los juegos infantiles.
En el período de adolescencia empieza a actuar la fuerza del mandato: “los grandes no juegan”, esto puede operara de múltiples maneras. Por un lado puede dejar en lo íntimo, en secreto el placer de este reencuentro con el juego, también puede invertir la valoración y que aquello que tanto disfrutamos hoy nos cause rechazo o vergüenza, en el mejor de los casos puede que se sublime por acciones creativas o al contrario nos obture la capacidad de pensar imaginativamente.
Varones juegos “Algo personal”
Cuando era chico, diez, ocho años, me regalaron unos muñecos de soldados, de algo más de 30 cm., que para hacerlos más realistas tenían ropa de tela, armas, mochila, botas de plástico, eran un poco más grandes que lo que después fueron las Barbies, y por supuesto no tenían luces ni ninguna sofisticación (corrían los principios de los 70).
Y resultó que junto con mi hermano, que tenía otro igual, le hacíamos alguna ropa, carpas, cosas en tela y casas, tenían sus actividades y peleaban pero también comían y esas cosas. Les habíamos hecho una casa con un mueble viejo y alguna vez le hicimos una especie de ascensor. Fue algo muy parecido a tener una Barbie, pero masculino, una muñeca pero aceptada socialmente para varones.
Esto de hacerles cosas, mucho tenía que ver con el cuidar. Es uno de los juguetes que más recuerdo.
Digo: la cuestión no es salir corriendo a comprarles muñecas a nuestros hijos varones, sino incorporar nuevas formas que puedan ser disfrutadas por ellos.
Es lo que hay y veremos como lo vamos instrumentando. Tampoco me parece que la cuestión pase por dejarlos jugar con tal o cual juguete o impedirles otros. Pero como siempre, de una manera u otra, condicionamos su juego, revisar nuestra actitud y direccionarla conscientemente. Pero sobre todo: JUGUEMOS, juguemos con ellos, juguemos solos, juguemos con nuestras parejas, con nuestros amigos. Divirtámonos y también observemos nuestros juegos, analicémoslos críticamente, en nuestra intimidad. Puede ser una potente arma para conocernos y conocer a nuestros hijos, más allá de las endorfinas que produzcamos.
Mientras tanto juguemos, disfrutemos del placer de ser papás y mamás, sabiendo que jugamos estaremos más seguros y se lo trasmitiremos a nuestros hijos.
