martes, junio 24, 2008

Jugar I


Una mañana cuando mi hija era pequeña me encontré con la tarea de vestirla: ¡socorro que le pongo! Casi me pongo a llorar (aunque Ud. no lo crea), nunca había vestido a nadie, y ahora que tenga frío o calor, que esté presentable o no, dependía de mí. Días después cuando la vi vistiendo a sus muñecas caí en la cuenta que algo que yo todavía no sabía ella sí. Cuestiones de género, claro, pero me hizo reparar en la función del juego.

Todo encuentro es un reencuentro, decía E. P. Riviere. Cuando nos encontramos con alguien inconsciente o concientemente nos remitimos a aquellas personas a quienes nos evoca: “algo me parece familiar”, “me hace recordar a...”; hasta que con esta nueva persona vamos generando un vínculo nuevo, diferente, propio. Al encontrarnos con lo nuevo, nos sostenemos de los anteriores encuentros, de los vínculos y relaciones anteriores. De la misma forma con situaciones nuevas. Lo nuevo se sostiene de lo viejo.

Al encontrarnos siendo padres, ¿con que cosas nos reencontramos? Además de que su nariz es parecida a la del abuelo, o que tiene mi misma frente.

Creo que este es un aspecto esencial en la diferencia de ser padres ó ser madres en la actualidad.

Cuando nacen nuestros hijos nos reencontramos con un montón de vivencias, con las nuestras desde el lugar de hijos, uno sabe ser hijo y no padre y ese es un punto de inicio interesante. Nos encontramos con el trato que tuvimos con otros chicos, y sobre todo con aquellos valores con los que fuimos creciendo e ideas que nos formamos en reacción al trato que tuvieron con nosotros.

En general el encuentro es, entre otros, con la infancia, con nuestra propia infancia y dentro de estas vivencias con nuestro niño interno, muchas veces herido y muchas veces feliz. En este espectro de vivencias el juego tiene un papel principal.

Reencontrarnos con el juego, jugar con nuestros hijos, jugar desde nuestro niño interno.

Hay una diferencia (varias, pero una esencial) entre el juego del niño y el del adulto. El niño juega, sabiendo que está jugando, lo diferencia de la realidad. El adulto confunde juego con realidad y me refiero específicamente a aspectos como el trabajo, la competencia, el poder y la propiedad; que en realidad son juegos y los adultos confundimos con lo real, ni hablamos de las guerras.

El adulto (nosotros) juega “con cosas que no tienen repuesto”, no sabe “jugar por jugar, sin tener que morir o matar”. (Joaquín Sabina-Jugar por jugar) Hasta en algunos juegos, donde sabe que está jugando como los de azar y otros, al adulto se le mezcla con lo real, piensa que un premio puede cambiar su vida ò que ganarle a la PC, puede ser significativo, ni que decir de “ganar” una discusión. Ha llegado a haber muertes relacionadas con jugar al fútbol, ni hablar de depresiones o conflictos familiares por si una pelotita entró o no este domingo entre tres palos.

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