Cambiar el mundo es una porquería
Siempre creí que el deseo de cambiar el mundo era algo maravilloso. Sin mucha reflexión lo asociaba a construir un mundo mejor para el futuro, para la humanidad, para nuestros hijos (que en ese momento no tenía). Desde mi más temprana juventud allá por los 70´, lo veía como el sentimiento más altruista que podía haber. Y por eso comencé mi lucha, pequeña pero constante.
Todo comenzó a cambiar una noche después de una clase en la escuela de Psicología Social, muchos años después, al comienzo de los 90´. El docente había lanzado una frase que ya había escuchado muchas veces, pero esta vez enraizó, penetró hasta un lugar de mí que no conocía. La frase era sencillamente: “cada sistema produce sólo individuos aptos para reproducirla”.
No sabía muy bien porque, pero esa noche, después del trabajo grupal en la escuela, me fui como sonámbulo para mi casa y camine algún tiempo sin rumbo hasta que en un momento comencé a llorar. Hasta que en mi mente apareció una idea que apaciguó mi angustia y cambió mi estado de ánimo. Si yo vivía en este sistema yo era un sujeto preparado fundamentalmente para reproducirlo, y me reconocía en esto, y eso me angustiaba. Pero si el tema era cambiar el mundo, cambiar el sistema que yo creía que era malo, tenía muy cerca uno de los individuos que lo sostenía: yo mismo.
Allí comenzó un proceso que tubo muchas idas y vueltas, y que de hecho no ha concluido, y no sé si concluirá antes que mi propia existencia.
Muchas veces abandoné esa idea y volvía a pensar que había que cambiar el mundo desde la idea de cambiar a los otros a lo que me rodea, perdiéndome a mí mismo en la mirada de lo mal que estaba ese mundo.
En la ruta encontré muchos compañeros que me ayudaron a ver las constantes reproducciones de la maldad en nuestro sistema social y que algo había que hacer con ello.
Recuerdo que en un momento me sumergí en una disputa de ideas que había entre el pensamiento de Pichón Rivière que decía que uno de los elementos para el cambio era “la adaptación activa a la realidad”, (considerando como adaptación activa una adaptación transformadora) y la posición que mantenía Vicente Sito Lema que decía algo así como que en este sistema enfermo uno no podía ni adaptarse porque sino también se enfermaba. Y toda aquella disquisición de luchar desde adentro o luchar desde afuera.
Claro que cada caso hay que analizarlo en su perspectiva y en sus condiciones concretas, Pero en general en ese derrotero me encontré con ideas que, fundamental mente sostenía que lo que había que cambiar estaba afuera, donde la primera persona del singular (y en algunos casos del plural), no entraba. Entonces caminar le mundo me empezó a sonar mal.
No fue sólo en el ámbito de la lucha social, también estaba súper presente en el campo laboral en el familiar y como no podía ser menos y sobre todo, en le campo de las relaciones de pareja. Y después cuando fui padre hasta en el espacio del cuidado de los hijos. El problema siempre es el otro. Aunque este conflicto planteado en el ámbito de la paternidad generó mis más fuertes aprendizajes y creo que es porque es un ámbito donde hay mucho amor y donde el otro depende de nosotros.
En ese recorrido fui aprendiendo en Psicología sobre los mecanismos de defensa del yo, que plantea muchos autores y el mismísimo Freud. Hasta en algunas escuelas más alejadas de las posiciones de psicoanálisis lo plantean como mecanismos de supervivencia. Pero en definitiva los seres humanos podemos llegar a hacer las cosas más terribles en función de mantener claramente todo lo malo afuera y lo bueno dentro. En el mejor de los casos (o en el peor) podemos internalizar esto desde la culpa, cual mame idish, pero muy difícilmente hacernos cargo para operar en el cambio de uno mismo. Que es, en definitiva el único que podrá provocar un cambio en el afuera.
En lo social, lo que hay que cambiar es a Bush, a Menem, al sistema. En la pater-maternidad, al colegio, la maestra, la abuela, el abuelo, al otro padre. En la pareja, (como no queda otra), al otro.
Pero pocas veces nos preguntamos que puedo cambiar de mí en función de lo que yo quiero, no de lo que el otro me propone. ¿Qué quiero realmente?, Hasta a veces aparece mi niño maltratado y patalea y grita: “no sé lo que quiero pero lo quiero ya”.
Y vuelvo al viejo Pichón y recuerdo: “cambiar cambiándome”.
Si, otro mundo mejor es posible pero que hago yo para eso, no contra que lucho sino cómo me transformo. Es algo muy serio para dejarlo en manos de los políticos o de viejos niños maltratados gritando y tirando piedras. Pues todo suena a berrinche de malcriado.
Y como de cambiar se trata y hay que empezar por uno, me voy a cambiar... me hice pis.
Gracias Laura, Fernanda y Silvana.
Y sobre todo gracias a Julia y Fede.
Dedicado a mi maestra: Daniela